«Y SERÁS BENDICIÓN» — Génesis 12:2


Hace 29 años Dios puso esta palabra en mi corazón:

Es mi palabra Rhema

«Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición».

Génesis 12:2 

Esta promesa le fue dada directamente a Abraham. De él surgiría Israel y finalmente, vendría Cristo, la simiente prometida. No sería correcto apropiarnos de cada detalle como si Dios estuviera prometiendo convertir a cada creyente en una gran nación.

Pero tampoco debemos pensar que esta palabra terminó únicamente en Abraham.

Aqui vemos un detalle muy interesante. Abraham creyó antes de ser circuncidado, y su fe le fue contada por justicia. Así llegó a ser padre no solamente de los circuncidados, sino también de todos los de la fe.

«Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham».

Gálatas 3:7

Por eso, aunque la promesa histórica pertenece a Abraham, el principio espiritual de la promesa alcanza a quienes compartimos su fe: Dios bendice una vida para convertirla en instrumento de bendición.

Y quizás aquí se encuentra la parte más profunda de palabra rhema que Dios me dio:

Dios nunca me dijo solamente: «Te bendeciré»

También me dijo:

«Haré de ti una bendición».

Aqui el detalle: No es lo mismo recibir una bendición que convertirse en una.

La bendición que recibo puede acompañarme por una tiempo, pero cuando Dios me convierte en bendición, mi vida comienza a tocar generaciones, ciudades y naciones. Ya no se trata únicamente de lo que llega a mis manos, sino de lo que Dios hace pasar a través de ellas.

Hace 29 años probablemente no podía imaginar todos los lugares, personas, familias, discípulos, iglesias y niños que quedarían conectados con aquella palabra. No veía a Cali, Quito, Salinas, Honduras ni Pakistán. No conocía todos los nombres que hoy forman parte de mi historia. Pero Dios sí los veía.

Mientras yo escuchaba una promesa para mi vida, Dios estaba contemplando a todas las vidas que alcanzaría por medio de mi llamado.

Abraham tuvo que salir sin conocer completamente el camino. Y esa también ha sido parte de mi historia: obedecer cuando todavía no estaba todo explicado; caminar cuando el mapa no estaba completo; comenzar con poco; levantar, soltar, mudarme, emigrar, volver a empezar y seguir creyendo.

La evidencia de que Génesis 12:2 ha estado operando en mi vida no consiste en que nunca haya tenido que atravesar dificultades. Abraham también conoció el hambre, la espera, los conflictos en medio de la incertidumbre.

La evidencia es que, después de todo lo que he vivido, todavía continúo creyendo, avanzando y bendiciendo.

Dios no le prometió a Abraham una vida sin desiertos. Le prometió que ningún desierto podría cancelar su propósito.

Y hoy necesito recordar esto profundamente:

La palabra no envejeció en estos años junto conmigo.

Han pasado 29 años, pero Dios no olvidó lo que me habló. La promesa ha madurado, se ha ensanchado y ha adquirido nombres y rostros. Algunas partes ya puedo reconocerlos; otras todavía están germinando silenciosamente.

Quizás durante mucho tiempo pense que Génesis 12:2 hablaba principalmente de lo que Dios haría conmigo. Hoy puedo entender algo mayor:

También hablaba de lo que Dios haría después de mi.

Porque entendí que una verdadera bendición generacional no termina en quien la recibe. Continúa en sus hijos, en sus discípulos, en las iglesias que levanta, en las personas que forma y en aquellos que creerán porque un día alguien decidió obedecer.

Mi mayor bendición no será simplemente tener algo grande. Será saber que, por haberle creído a Dios, otros encontraron un camino que antes no existía para ellos.

Después de 29 años, Génesis 12:2 no viene únicamente a decirme: «Mira cuánto has avanzado». También me dice y me recuerda que todavía no he visto todo lo que nació el día que decidí creer esa palabra que Dios me dio.

Tal vez este octubre no sea solamente el aniversario de una palabra que recibí. Puede ser el momento definitivo de la bendición.

“Señor, no permitas que me conforme con haber sido bendecido. Haz de mí, de mi familia y de todo lo que has puesto en mis manos una bendición para generaciones que todavía no conozco. Que cuando yo ya no esté, lo que nació de mi obediencia continúe hablando de tu fidelidad”.

Porque la promesa nunca fue solamente:

«Te bendeciré».

La culminación de esa palabra siempre fue:

«Y serás bendición».


✍️ Luis Fernando Giraldo G.

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